Ritos y Anécdotas de la Catedral de Santiago

Existen una serie de ritos que los peregrinos cumplimos, o mejor dicho cumplíamos, al finalizar la peregrinación, digo cumplíamos pues la obcecación del Cabildo de la Catedral de eliminarlos es una realidad.

Uno de los momentos más emotivos de la estancia en la Catedral era y es, sin duda, el abrazo a la imagen del Apóstol que se encuentra en el Altar Mayor. En otras épocas, el Santo no tenía la corona que orla su cabeza, y los peregrinos colocaban su sombrero sobre la imagen para abrazarla con mayor comodidad. Esto provocaba la consiguiente hilaridad de quienes desde la nave central veían al Santo cambiar continuamente de “tocado”, lo que llevó a las autoridades eclesiásticas a colocar la mencionada corona.

En la parte posterior del Pórtico de la Gloria hay una imagen arrollidada que se cree representa al propio Maestro Mateo, y al que la imaginación popular bautizó con el encantador nombre de “Santo dos croques” (coscorrones) por la costumbre que popularizaron los estudiantes compostelanos en el siglo XIX de golpear con la frente de éste para así “contagiarse” milagrosamente de su inteligencia y sabiduría, tan precisas en tiempos de exámenes.

Tras el Pórtico esta enterrado el arzobispo Muñiz, con fama de nigromante, y de quien se cuenta que encontrándose en Roma una Nochebuena, disgustado por la parquedad de la cena, voló hasta Santiago, y tras cenar opíparamente regresó a Roma otra vez por vía “aérea”.

Tras contemplar absortos el funcionamiento del botafumeiro, primer “ambientador” de la historia, los peregrinos medievales subían al tejado de la Catedral para quemar sus viejas ropas junto a la “cruz dos farrapos” (harapos). Algunos afirmaban que quien no podía pasar por el agujero que tiene en el medio se hallaba en pecado mortal.

Títulos de Licenciado, Maestro y Doctor de la Universidad

En la llamada Capilla de la Comunión se entregaban desde el siglo XVI al XVIII los títulos de Licenciado, Maestro y Doctor de la Universidad, bajo la presidencia del arzobispo. Un curioso y ridículo incidente terminó con esta costumbre secular. Un lluvioso día de 1734 dos estudiantes se negaron a ceder el paso en una acera a dos canónigos para no mojarse. El cabildo catedralicio montó en cólera por tamaña falta de respeto y fue enviado un oficio a la Universidad en el que se instaba a que “en lo sucesivo buscasen otra iglesia para estos actos; que no concurriesen allí mas con tal objeto y que ni tocaban campanas, ni música, ni enviaban ministriles para los grados”

En la capilla de Nuestra Señora la Blanca los peregrinos veían una de las cuentas del rosario de Santiago, lo que nos da cuenta hasta qué extremos llegaba la devoción por las reliquias, falsas en la mayoría de los casos. Y por supuesto es imprescindible la visita  a la cripta, bajo el altar mayor, donde se encuentra el arca de plata que guarda los restos del Apóstol, reabierta desde 1885, pues en el siglo XVI, ante el temor de una invasión inglesa, las reliquias fueron tan bien ocultadas que no se encontraron hasta esta última fecha.

Nadie ha visto el cuerpo de Santiago de Compostela

En época medieval pocos peregrinos disfrutaron de este privilegio y aunque se sabía que el cuerpo de Santiago yacía en la cripta se aseguraba que nadie lo había visto. Se contaba la leyenda que un santo obispo que celebraba misa en aquel lugar ayudado por dos ángeles. Un sobrino quiso averiguar si era verdad y quedó ciego, aunque luego recuperó la vista gracias a los rezos de su tío. El sucesor del obispo santo no se tenía por menos y quiso también oficiar en la cripta, pero mientras se revestía, su cuerpo se partió en dos, y desde entonces nadie se atrevió a entrar en aquel lugar sagrado.

Era tal el afán que ponían los devotos por pasar la noche lo más cerca posible del cuerpo del Apóstol, que esto provocaba en ocasiones riñas violentas que más de una vez desembocaban en heridas y muertes. Como ello conllevaba la necesidad de una nueva consagración del lugar, al haber sido profanado, el Papa Inocencio III autorizó al arzobispo de Santiago en 1207 a sustituir las engorrosas ceremonias de consagración por una sencilla purificación a base de agua bendita, vino y ceniza.

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