El Peregrino en el Camino de Santiago

A estas alturas de los caminos y los días, a la vista está que el Camino es más que una practica espiritual y que sin dejar de serlo, su recorrido implica la búsqueda o experimentación de otras satisfacciones que, siendo beneficiosas también para el espíritu, están tan cerca de este como del ocio y la recreación placentera.

Pensando tanto o más en los sentidos del hombre que en las levitaciones del alma, tampoco está alejada de los fundamentos originales de la peregrinación, conscientes sus animadores que no solo de mortificación y penitencia vive el hombre. Así mismo el Códice Calixtino sentenciaba:

“Todos los peregrinos a Santiago, sean pobres o ricos, que vinieron en peregrinación a visitar el altar de Santiago, de venida o de ida, deben ser recibidos muy bien y muy humildemente, con gran caridad de todas las gentes. Y quien quiera que los reciba y les de buen trato y buen albergue, no tendrá por huésped solamente al peregrino, sino a Santiago y a Nuestro Señor Jesucristo, que dijo el Evangelio; quien a vos recibe, a mi recibe”.

Códice Calixtino

Influencias del tiempo actual en el Camino de Santiago

El desarrollo socio económico de este siglo ha cambiado muy considerablemente las condiciones del viaje, su propio concepto sobre el que desarrolló el fenómeno del turismo, de manera que es conocido el matiz diferenciador entre el viajero y el turista, ante los que el peregrino, desde su comprometida identificación, acaba tomando opción en uno u otro agrupamiento, aún sin perder la componente espiritual que también acaba embargando al más épico o hedonista de los viajeros.

Las crónicas de aquellos tiempos dejan testimonio claro sobre los peligros que amenazaban al peregrino, no solo en montes y descampados, sino también bajo techo e incluso con la largueza con la que se interpretaba el deber de buen trato. Así advertía el “Liber Sancti Iacobi” que:

“Las sirvientas de los hospederos del Camino de Santiago que, por el gusto de seducir y también por adquirir dinero, se suelen meter de noche en la cama de los peregrinos por inspiración del diablo, son absolutamente reprobables…”

Si tales asuntos sucedían, y eran motivo de excomunión para las meretrices, olvidó el anatemizador que difícilmente se podrían materializar si no estuviera en disposición de colaborar el tentado peregrino. Por esos caminos de Dios iba y venía de toda estirpe y según quien, como hoy, como siempre, se fue escribiendo la historia. Hiperrealista es, al respecto, alguna estrofa del mismísimo Cancionero de Baena.

Curiosas leyendas sobre falsas acusaciones y picarescas sin límite, o interpretaciones acomodaticias de hechos o creencias con raíces diferentes enriquecen hoy las posibilidades de conocer los escenarios en los que ocurrieron o se escenificaron tales cambalaches. Son un recurso más sobre la trascendencia de la obra en piedra, la imaginería y otras artes mayores gestadas por ese gran canal de interinfluencias que fueron los Caminos de Santiago.

En el otro plato de la balanza, en la concha pródiga y voluminosa, pesa e impone su incuestionable bagaje la caridad, la entrega, la generosidad de albergues, hospederías y hospitales que han permitido y propiciado el enriquecimiento de las culturas y los pueblos, y la construcción de una historia legendaria  sin precedentes en la que cada comunidad del Camino es un capitulo lleno de vitalidad, y un borbotón del que manan muchas manifestaciones artesanas, folklóricas y costumbristas de hoy.

Cuerpo y Alma en el Camino de Santiago

Y, cómo no, sobre la recuperación del cuerpo, que el viaje y el paisaje han de ayudar en el camino de salvación, pero para ello es menester mantener el resuello. Se sabe poco de cómo comían los peregrinos del Medievo, pero más de aquellos primeros siglos de peregrinaciones que de los precedentes al nuestro, y con detalles de productos, no de gobiernos, fuese escuálida la ración, fuese prodiga.

Los peregrinos que llegaban a Hospital del Rey, en Burgos, recibían, allá por el siglo XV, un avituallamiento inhabitual: más de un cuarto de kilo de carne de carnero, un kilo de pan escudilla de legumbres con tocino, huevos o pescado y tres cuartos de litro de vino. Semejantes abundancias eras simplemente anecdóticas.

Porque las mas de las veces, agua y pan eran la caridad segura y básica, con el añadido de sopa, que se mejoraba con carne, o con huevos o mantequilla si había suerte y posibles. Algún convento generoso llegaba al pescado, guiso o potaje, también el vino reconfortaba con alguna frecuencia la dieta del peregrino. Y esto era ya una bendición.

Posteriormente las despensas se fueron enriqueciendo, en parte por mor de las transacciones propiciadas por el propio Camino, y hoy espera al viajero una golosa diversidad regional de bocados y tragos que, pasando la sobriedad por la bula, además de reponer el cuerpo elevan el espíritu.

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